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HOWLIN RAIN

Madrid, Sala El Sol

20 de septiembre

 

 

 

 

Texto: Asier R.

 

Algo le faltó a Howlin’ Rain esa pasada noche. Espacio. Porque por lo demás se lo comieron todo. Hasta parte de la duración del concierto. Si hay enormidades en esto del rock algo más clásico últimamente, ellos son una de ellas.

 

La resolución de la ausencia (¿¡!?), de Joel Robinow, cuyos teclados son una parte fundamental de sus discos, hacía temer un nubarrón oscuro sobre el escenario. Nada más lejos de la realidad, porque Howlin Rain ha evolucionado desde las relativamente recientes últimas visitas de las que ya hemos hablado por aquí. Han evolucionado…a distinto, a diferente. La forma de afrontar el concierto de Ethan Miller está claro que ha cambiado. Si antes se comía el escenario con su guitarra, ahora lo hace con todo: la guitarra, la presencia, la voz. Está claro (ya lo estaba) que aunque Robinow es parte esencial de la dicotomía Howlin’ Rain, la criaturaza es propiedad de Ethan Miller. Y así este se dejó de lado cualquier semejanza (más allá de las canciones) con el tratamiento de las canciones de los discos y ofreció un concierto principalmente crudo, con esos desarrollos instrumentales de los cuales no te agotarías nunca porque lo que está claro es que, al menos de momento, están no sabemos si en lo más alto de su arte y de su imaginación pero claramente sí dentro de una trayectoria ascendente y cambiante.

 

Por todo ello tal vez la principal objeción sea el hecho de la duración del concierto. No tanto porque te quedes con ganas de más espectáculo si no por el clásico: “¡¡Me han faltado canciones!!”. Pero más allá de eso, no se puede evitar pensar que la introducción de versiones dignas de la motown o de The Stooges, variaron e hicieron más sorprendente un concierto ya de por sí impecable de emoción tan solo con temas como “Roll On The Rusted Days” que suele ser una obra maestra del desarrollo épico instrumental, “Phantom in the Valley” ejemplo claro de cómo se puede cambiar una canción para el directo y que salga indemne o “Callin Lightning Pt 2”.

 

Por no hablar de sus músicos, un atentísimo bajista, pendiente en todo momento de todo lo que se cocía musicalmente sobre el escenario pero sobre todo el guitarrista Isaiah Mitchell que ha dado un respiro muy grande a Ethan Miller para dejarse llevar en todo momento, tanto que hasta en dos ocasiones Miller se desembarazó de su guitarra. Una para cantar al más puro soul toda una canción entre el público y otra en los bises cuando consiguió que el mismísimo Howlin’ Wolf pegase un salto en el tiempo y, copulando con the Stooges, juntos hubiesen parido esta criatura llamada Howlin’ Rain con un Ethan Miller ya completamente descamisado y vocalmente desfallecido. Y es que juraría que la relativa brevedad de sus conciertos se debe a una cuestión puramente física del enorme esfuerzo vocal que suponen unas canciones que a pesar de sus desarrollos instrumentales extensos, son muy exigentes a las voces.

 

Así que, volviendo al principio, lo que pudiera haber sido un lluvioso nubarrón que empañase el concierto pasó a una de esas tormentas, puramente eléctricas, tan raras de ver y que aparte de fascinantes, resultan sorprendentes. A saber lo que nos deparará este grupo en el futuro pero ya con sus tres discos de estudio han pasado a formar parte de estas dos décadas del nuevo milenio, como un grupo, puede que underground, pero con una calidad fuera de duda. Y con los recientes conciertos, aparte de arriesgados, nos sorprenden como unos tipos en constante evolución y que en el caso de Ethan Miller, se echa a las espaldas a su banda, no ya como músico, sino como estrella, en su connotación más positiva, que centra el concierto sin acaparar y que aparte de manejar los tiempos, puede demostrar su faceta más desbocada y pasional.

 

 

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