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LANHORNE SLIM

Madrid, Sala Moby Dick

22 de mayo

 

 

 

 

Texto: Asier R.

Fotos: www.langhorneslim.com

 

Ayer presencié  y sentí un concierto fabuloso de los que salen del alma. Ayer compartimos una experiencia que esperemos que no se convierta en única. Ayer músicos, lo que se entiende por músicos, no artistas de pacotilla con más pretensiones que alma y talento, nos sirvieron un cálido menú de las pequeñas grandes cosas de la vida. Las que te sacan una sonrisa contándote tal y como son las cosas, unas veces sucias, otras veces bellas pero en cualquier caso, extrayendo la poesía que existe en todos los casos. Ayer vi a Langhorne Slim.

 

Treinta almas (otros dicen cincuenta) con sus respectivos pies, pudimos confirmar que delante de nuestros propios ojos, teníamos a tipos que han creado un cancionero profundamente sentimental, bien alejado de la pomposidad, mezclando dos facetas en directo muy interesantes, el pop más austero y el folk más tabernario. Todo ello con unas gotas de suavidad y locura.

 

No me voy a quedar sin palabras al describir la grandeza de los cuatro corazones que nos deleitaron acercándose literalmente al público. Tras arrancar con “Be Set Free” de su último álbum (homónimo) y tras seis o siete canciones más atacaron “Mary” con medley incluido, decidieron que se cogían parte de los instrumentos y se venían con el resto de SU público para sentirnos más cerca. Y digo SU público porque se apropiaron de nosotros. Ya se sabe, hay grupos, gente, artistas que transmiten humanidad y con ellos, transmiten también cercanía. Así se mezcla humor y se transmiten sensaciones que te magnetizan y te atraen. No tengo palabras. Cuando el medio contrabajo, una pequeñísima parte de la batería (la caja) con sus escobillas, el banjo y la guitarra puramente acústica se vinieron con nosotros, el concierto pasó a otro nivel. Un toma y daca de acción-reacción entre banda y el personal que aguerridamente unas veces, y más tímidamente en los momentos más intimistas, respondían al reclamo del poeta que te arrastraba a su terreno.

 

Pensaba yo que no podía pedir más a un concierto que unas canciones bien interpretadas y pasión en escena. Y así es la mayoría de las veces. Pero ayer, amigos, encontré cercanía entre el público y el artistas, comunión que se dice, empatía en otros casos. Encontré improvisación de la buena. Encontré un joven que te contaba pequeños secretos. Redescubrí canciones y me encontré con otras nuevas. Las viejas sonaban como el llanto de un recién nacido y las desconocidas eran como el viejo amigo que vuelves a encontrar con alegría una vez más, fundiéndote en un abrazo. Sí, anoche vivimos una experiencia con mayúsculas.

 

Y me supongo que hay que concretar un poco para que el gran público pueda entender algo de esto. Pues bien, a partir de aquí escribiré de la parte más material del concierto.

 

Se presentaron en la maravillosa sala Moby Dick, introduciéndonos suavemente con “Be Set Free” y atacando posteriormente con la vitalista “Say Yes”. El grupo está compenetradísimo. El banjo se va a por cerveza y el resto, Langhorne, Malachi y Jeff, siguen a lo suyo. Desgranan maravillas como “Mary” tras lo cual deciden abandonar el escenario como si de una banda callejera se tratase, se vienen a tocar y a compartir sus canciones. Desgranan canciones ejemplares como “And If It’s True”, “Cinderella” o “Cheking Out” de su faceta más tabernaria, donde el público berrea para arropar sus himnos de comunión. A la vuelta del bis, en esas primeras canciones, Langhorne nos deleita con sendas versiones, solo voz y guitarra: “By the Time the Suns Go Down” suena esplendorosa, pero es que “Diamonds & Gold” que había interpretado antes, simplemente estremece porque estamos ante un vocalista que juega con su voz, se conoce, es el instrumento con el que nos transmite de dónde viene, qué es lo que canta y nos lleva a su terreno. El público aquí canta tímidamente y se entromete, dada la cercanía, entre el propio grupo, como si de una fantasma amante se tratase. Ellos sonríen y aprueban la intromisión, ya sea con un gesto, ya sea de palabra. Se vuelven a dibujar las sonrisas. Quieren alargar la noche y así ocurre hasta que, debido más que probablemente al horario del viernes y tras una hora y casi tres cuartos, nos abandonan con una extraordinaria canción desconocida para el que suscribe y aterrizamos otra vez en el mundo material, en el mundanal ruido.

 

Dicho esto, me dio lo mismo la ausencia de toda la instrumentación que hay en sus discos, de los cuales repartieron las canciones, tocando la mitad de cada uno de ellos. Normal, los tres son extraordinarios, ¿cómo dejar cualquiera de ellos de lado? Nos quedamos con un espectáculo puro con el único acompañamiento del banjo y que cambió su lado espectáculo por el más humano. Difícil de transmitir, y es que, no hay palabras para describir lo que hicieron un poeta y sus compañeros artistas ese viernes por la noche.

 

 

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