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THE WATERBOYS

Madrid, Gruta 77

17 de abril

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Asier R.

 

Se puede decir que soy seguidor, por herencia familiar, de The Waterboys desde los buenos viejos tiempos como dicen los anglosajones. Por eso, en estos tiempos, lo suyo ha sido una doble sorpresa muy agradable. La primera, su último disco, An Appointment With Mr Yeats, un trabajo de gran nivel. Parece que Mike Scott hubiese desaparecido pero lo cierto es que siempre ha estado ahí, y tal vez por mi renovado interés, me da la sensación que de alguna forma su nivel artístico ha resurgido alcanzando otra vez grandes cotas. Pero esto es puramente subjetivo y nada contrastado. Lo único objetivo es que esta vez fue a la inversa, nos llegó la noticia de que venían a tocar y nos interesamos por el mencionado disco. La retroactividad hizo que, al ver que era tan bueno, quisiésemos comprobar su directo.

 

La segunda sorpresa ha sido, el concierto que pudimos disfrutar hace unos días. Como se suele decir, hay cosas que se recuerdan y cosas que no. En este caso, el concierto que ofreció Mike Scott junto a su fiel violinista Steve Wickham y el resto de grandes acompañantes fue el de un veterano que sigue disfrutando de la música y que transmite auténtico placer por esta. El caso es que fue muy emocionante. Una cosa es que vuelvan con una gran álbum y otra que ofrezcan un concierto pleno de heterogeneidad bien entendida: teatralidad, tradición folk, rock directo, desarrollos musicales a lo jam band y por otro lado compenetración y cierta sensación de libertad, a pesar de ceñirse más o menos a un set list, cada canción era un capítulo que corría libre dentro de la cohesión de un mismo libro.

 

Una de las cosas que más me gustó fue el dinamismo de los músicos. En general Mike Scott se quedaba a solas con su violinista en las canciones más folclóricas como “Raggle Taggle Gipsy” ó “A Man is in Love”. Curiosamente, después de la primera llegó el momento más alucinógeno. Los primeros sonidos de “Mad As the Midst and Snow”, una de las mejores canciones de su última obra, es representada por ellos dos. Wickman ha cubierto su rostro por una máscara estilo veneciano y poco a poco, con el crescendo de la propia canción se incorporan el resto de músicos hasta que el final explota con un toma y daca entre el teclista y el propio violinista con el gran final de un Mike Scott recitando acerca de “The Second Coming”, máscara de tres caras en rostro. Puede que no fuese la mejor, pero si fue un aliciente más dentro del soberbio concierto.

 

Ya con otra canción de An Appointment… llamada “News For the Delphic Oracle”, Mike Scott se presentó como un líder que dominaba los tiempos de las canciones perfectamente, que llevaba a su banda a la perfección y que esta le seguía por cualquier derrotero abierto por su líder. En parte, solo en parte, es una pena que tan solo sonasen tres canciones de este trabajo.

 

Y digo en parte, evidentemente, porque la cantidad de temas clásicos rayaron un nivel difícil de describir. Y eso que se dejaron unos cuantos fuera. Si tuviese que quedarme con algo, fue esa triada de canciones, una detrás de otra: “Be My Enemy”, “The Pan Within” y “Don´t Bang the Drum”. La central fue espectacular con un Mike Scott a la guitarra que parecía desprender auténtica electricidad. Vaya manera de mantener la intensidad, alargar una canción, ya de por si enormemente buena y lograr que a pesar del minutaje, te quedases con ganas de que no terminase nunca. Mike Scott controló a su violinista, los tiempos, matices. Todo, se veía y se sentía la implicación a la hora de interpretar, con lo que te arrastraba hacia la oleada de melodías.

 

Ese fue otro de los encantos del concierto: los detalles en las canciones más conocidas, haciéndolas, si no nuevas, sí más atrayentes aún. Por ejemplo, el iniciar el primer plan de minutos “The Whole of the Moon” en clave de reggae (no os asustéis) para luego transformarla en su sonido clásico o el final del concierto con los últimos acordes de “Fisherman´s Blues” alargándose mediante una repetición a base de  riffs de guitarra y siendo acompañados estos por un teclado con una melodía absolutamente brillante, inspirada, dejándote al final del concierto con cierto anonadamiento debido a lo mágico de la interpretación.

 

La ovación, tremenda, antes de los bises y al final del concierto, no se debe solo a la sorpresa, o a todo lo que ya he comentado. También a que canciones más desconocidas como “Glastonbury Song” o las del nuevo disco sonasen también a gloria.

 

Además de todo esto, me di cuenta de algo que no sé explicar muy bien. Y es el magnetismo de un tipo como Mike Scott. Lo achaco a ser un músico que lleva ahí toda la vida, las tablas parecen su hogar, moviéndose, bromeando con el público. Es su presencia, elegancia. Como digo, no sé muy bien pero hay ciertos tipos en esto de la música que desprenden lo que tal vez sea carisma. Y en esas estuvo Mike Scott con sus Waterboys.

 

 

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