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HOLY MOTORS
Una película de Leos Carax

Interpretada por:
Denis Lavant, Edith Scob, Kylie Minogue, Michel Piccoli, Eva Mendes, Jean-François Balmer, Big John.

 

 

 

 

 

 

Texto: Marcos Ripalda

"The show must go on" (Queen)

La cita que abre esta reseña se relaciona directamente con los primeros minutos de esta extraña, extravagante y por momentos insufrible película que es igualmente necesaria. Holy Motors es una carta de amor al cine, a la actuación, al payaso, al clown, que tiene al actor Lavant como eje central de las historias que se van sucediendo. No hay mundo fuera del cine; solo hay cine, espectáculo. Un mundo en el que Lavant actúa de otro, se pone en la piel de otro en nueve performances consecutivas; un ser humano sin identidad y cuya identidad se completa al interpretar a diferentes personajes. Esto relaciona al personaje con el niño de Léolo (1992) y su célebre cita: "Porque sueño, no lo estoy (loco)", lo que traducido a la cinta de Carax podría ser: “Porque actúo, no lo estoy”. Asimismo coincido con el crítico Jonathan Rosenbaum al señalar que, como en el caso de Inland Empire (2007), se trata de una película “deliberadamente insoportable” y paralelamente muy disfrutable. Es decir: le gusta a una parte de los “entendidos” y la detesta el público en general, público que, por cierto, no creo que pague la entrada y, si acaso, algún despistado se la descargará por aquello de ver los muslos de la Mendes. Me perdonarán ustedes, pero me siento más cerca de los primeros aunque en muchas ocasiones no “entienda” nada, por eso ni siquiera recomiendo verla si lo que busca el espectador es una película convencional con algún toque fuera de lo común. Porque no hay nada convencional. El quinto largometraje de Carax sería muy recibido por Kafka: el descubrimiento que hace el propio realizador de una puerta escondida en la pared es una imagen que remite a él. Comparte además con el escritor la sensación de extrañeza con el mundo y Carax se aleja del mundo a través del cine, apostando por una estética abiertamente feísta que se opone a las “bellas imágenes” del cine convencional. La sensación de desconcierto (esa desubicación permanente a la que el espectador se ve forzado) se mantiene durante toda la película al modo lynchiano: cuando uno cree que ya sabe lo que está pasando, hay un giro inesperado que trastoca su comprensión. Así que aconsejo dejarse llevar sin buscar explicaciones: ver qué pasa y qué se siente, y, sobre todo, qué queda. No conviene albergar la esperanza de un clímax en el que todo lo mostrado cobre sentido, pues esto desentonaría con las premisas iniciales del film.

Holy Motors (Motores Sagrados), la gran triunfadora del último Festival de Sitges (aunque no es precisamente una cinta de ciencia-ficción o terror), habla de la veracidad de nuestras emociones frente a las nuevas tecnologías, emociones que son “sustitutivas” de las emociones “reales”: artificio versus realidad, mundo físico versus imaginario fílmico, como también se muestra en la esclarecedora Código 46 (2003), del inclasificable Michael Winterbottom, y ese virus de la empatía que trastoca las emociones de un sensacional Tim Robbins. Según Carax, “las grandes máquinas [como esa limusina/camerino donde se originan las transformaciones del protagonista] no son las únicas que están siendo sustituidas, también los seres humanos (nuestras emociones, nuestras relaciones)”.

 

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