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AQUÍ EMPIEZA NUESTRA HISTORIA

Tobias Wolff

Alfaguara, 2009

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Esta recopilación de relatos recupera veintiún cuentos publicados anteriormente, revisados y corregidos por el autor, y diez nuevos. Wolff, junto a Richard Ford y Raymond Carver están considerados los padres del “realismo sucio” norteamericano, con permiso de Hemingway. Desde luego, Wolff, que sobrevivió cuatro años a Vietnam, o sea, que vivió para contarlo, y, añado, puede contarlo, tiene sobrados motivos para escribir exprimiendo sus propias experiencias, material de primera. Además ha trabajado como reportero, vigilante nocturno, camarero y ha desempeñado un largo etcétera de oficios. Hoy da clases de escritura creativa en la Universidad de Stanford (California). Todo está en su sitio.

 

En su búsqueda del cuento perfecto, aunque más bien habría que decir: en su frecuente abrazo con el cuento perfecto, Wolff nos dice que es posible escribirlo y, por consiguiente, leerlo, siempre que, según sus propias palabras, “sientas que (el cuento) está en armonía con tu sentido de la vida. Que capture algo”. Esto no sólo suena bonito: es que es la pura verdad. Cuando lo logras, y ahí está lo complicado, le das al lector una pieza del puzzle de cualquier vida posible, y así él puede contribuir, por empatía, con la suya, o no contribuir en absoluto pero exclamando para sí: “Vaya pedazo de cuento”. De cuentos perfectos rebosa Aquí empieza nuestra historia: “Avería en el desierto”, “El hermano rico” o “Cazadores en la nieve”, que, por cierto, además de ser extraordinario como cuento, convendría trasladarlo, si alguien no lo ha hecho ya, al cine. En esta pieza de orfebrería, los diálogos de los personajes, cargados de emociones primarias, no tienen apenas contenido, lo que los lleva a una situación límite absurda, aunque no por ello menos real y dolorosa. Wolff consigue de esta forma mostrar la imposibilidad de entendernos con el otro y, por supuesto, de la incapacidad de comprendernos a nosotros mismos.

 

Los relatos de Wolff suelen narrar descubrimientos. Para bien o para mal. Van de lo impreciso a lo concreto en un trayecto que tiene su nudo y su desenlace y hasta más nudos de los que debiera; en principio, para quedar bien atado, que no se escape nada, aunque sean pocas páginas y mucho haya que contar. Y siempre lo que queda, ojo, es algo inesperado y que desemboca en ese algo distinto, imprevisible que Wolff descubre y muestra. Por ejemplo, “En el jardín de los héroes norteamericanos”, el relato que abre este volumen, narra a la perfección el trayecto que lleva a una profesora a rebelarse, después de haber callado mucho, tras una falsa propuesta de trabajo.

 

La elección del relato como forma narrativa es ideal, según el propio autor, “para captar las sutilezas, las fracturas, el desarraigo propio de la vida norteamericana. También es la forma más cercana a lo que hacemos naturalmente cuando describimos nuestras experiencias: contamos historias breves. No contamos novelas”. Y no sólo de los norteamericanos, añado.

 

 

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