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DIARIO. UNA NOVELA

Chuck Palahniuk

Mondadori, 2004

 

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Veamos. Es lo primero que leo de Palahniuk. O sea, que no he leído el brutal best-seller de El Club de la lucha, que permitió a su autor darse a conocer y, sospecho, también le valió un cheque en blanco para otra media docena de novelas, pues estamos faltos de ideas, novedades, reciclajes varios y demás bla bla bla, y, fijándonos sólo en Diario. Una novela hay, como en un buen aliño, un poco de todo, ni la muy recomendable, según todas y cada una de las reseñas que leo, Fantasmas. Está claro que lo que caracteriza al Palahniuk de la novela que nos ocupa es su estilo contundente, musculoso y alguna que otra frase lapidaria o dato histórico-pictórico-caligráfico-psicológico llamativo (desde Carl Jung a El Greco pasando por el síndrome de Sthendal y el perro de Pávlov), intercalados muy a propósito en una historia sorprendente a ratos y confusa en muchos, que te atrapa desde las primeras páginas con la promesa de nuevas revelaciones. Es como estar viendo una película de suspense con final, en cierto modo, decepcionante por previsible. Y es que mi sospecha número dos es que Palahniuk o te gusta o le odias, no tiene término medio. Pero el libro engancha, conste. Lo mejor de esta novela es su humor negro, su patada en los cojones, sí, una vez más, al american way of life. A esos suburbs, zonas privilegiadas de clase alta que, poco a poco van siendo tragadas por la marabunta de la odiosa clase media, que describió Vicente Verdú en su ya clásico y excelente ensayo El planeta americano. Congratulations. Welcome to the jungle. Pasen y vean el auténtico bosque corporativo donde el individuo se disuelve a favor de la muchedumbre adocenada, estúpida, feliz.

 

Diario. Una novela es, parafraseando a Palahniuk, la impronta textual de éste en el universo. Antes lo fueron sus otras novelas. Lo serán las venideras. Una frase pintada bajo el pupitre de la clase de cuarto ce lo es. Un cuadro de Matisse también. Lo que uno hace para bien o para mal. Eso que se deja, se expone, se olvida, se tacha, se comete. No importa para qué. Para el olvido. Para perdurar. Ya digo: no importa. No existe un propósito. Perduramos. La huella y el pie descalzo están ahí. Y es que, como señala este autor, todo nuestro cuerpo, todas nuestras experiencias, todos los actos que realizamos en nuestra vida forman parte de un diario que nos muestra tal como somos. Todo lo que hacemos habla de nosotros. No podemos, por tanto, entender realmente a los demás. Nos haría falta ese diario, y aún así puede que no. Porque no podemos ser el otro. Los demás, y ésta es mi tercera sospecha (compartida, supongo), son bocetos que no llegan jamás a desarrollarse del todo. Así que, querido, no te agobies cuando no entiendas algo. Si no entiendes algo, puedes hacer que signifique cualquier cosa. Palabra.

 

 

 

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