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PRINCIPIANTES

Raymond Carver

Anagrama, 2010

 

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Que quede claro. Carver es uno de mis escritores favoritos. He leído todos sus relatos varias veces y cuando reviso los que yo escribo algunos muestran la clara influencia de este escritor. Obvio es puntualizar, pero lo puntualizo en cualquier caso, que Marcos Ripalda no es Raymond Carver, ni falta que le hace.

 

Vamos al asunto. Principiantes es la versión sin corregir de De qué hablamos cuando hablamos de amor. O sea, que lo curioso del asunto es que el Carver auténtico no es el Carver que conocíamos: un escritor que iba a la médula del asunto. Así que la (criticable) poda que hizo el editor Gordon Lish de los originales del escritor ha sido hasta ahora el único Carver. Y a mí el cercenamiento de frases, párrafos e, incluso, páginas completas, me parece acertado. Otra cosa es, y esto sería meternos en harina de otro costal, todo el asunto de la “autoría”, aquello de que el escritor debe ver publicado lo que escribe, sin renunciar a una sola coma y bla bla. En cualquier caso, son los relatos con muñones los que prefiero. Digámoslo desde ya: el Carver que yo conocía me sigue entusiasmando más que el nuevo Carver. Claro que, tal vez, influya, como ya he adelantado, que los haya leído en su “versión reducida” varias veces. Los relatos “auténticos” de Carver son significativamente más largos, lo que no quiere decir que haya dejado de gustarme. ¿Debemos darle las gracias a su editor por “mejorar” los relatos de Carver? Sí, pues a mi modo de ver, Carver se diluye sin los tijeretazos de Lish. Es concreto, sí, pero lo es menos acertadamente. En resumen, admiraba el tobillo de mosquito y ahora tengo un muslo de pollo. Principiantes rellena muchos de los vacíos de los relatos de De qué hablamos cuando hablamos de amor, vacíos significativos porque era el lector quien los “escribía”, esos huecos que, siguiendo al maestro Hemingway, nos hablan de lo que no se dice, la famosa teoría de la “punta del iceberg”, es decir, no hablar de lo más importante en un relato, como hace en “Un gato bajo la lluvia”. Los espacios, por tanto, han sido completados con palabras, descripciones y hasta con un extra de “sentimentalismo”, que, por supuesto, no debe confundirse con lo que hacía Corín Tellado, y que lastra la narración, pues son disgresiones en toda regla, tramas secundarias que, en muchos casos, no enriquecen, y sólo cuecen.

 

Y qué decir de los cambios en los finales. De la guinda del pastel. De la cuadratura del círculo. No hay relato bueno sin un final acorde con el resto. Vamos, que no es cuestión de cagarla al final. Porque una frase final puede salvar un relato. Puede también hacer que pase del sobresaliente a la matrícula de honor. Y no es que estos nuevos finales, que en realidad son los primeros, los auténticos, sean peores que los que Lish modificó. No, son finales acordes con ese contenido que antes no estaba. Son relatos diferentes. Y punto. Lo que antes estaba velado ahora se deja entrever. En cualquier caso, si únicamente nos quedáramos con el original primigenio, ya habría merecido la pena. ¿Pero hubiese sido tan comentado entonces en las aulas universitarias? Y la pregunta del euromillón: ¿Creó Gordon Lish a Carver? El escritor Tim O’Brien escribió lo siguiente refiriéndose a los relatos del escritor: “utiliza el inglés como una cuchilla: talla piezas de prosa austeras y exentas de adornos y para ello las despoja de todo salvo del meollo mismo de la emoción humana”. Pues, querido O’Brien, el Carver auténtico mete la cuchilla lo justo. El estilo minimalista de Carver es fruto en gran medida, por tanto, de la personal idea que Lish tenía del cuento. Jesús Zulaika, traductor en España de toda su obra, asegura que “los nuevos relatos de Carver son tiernos y válidos en sí mismos. Hay gente en todo el planeta que le adora pero los de antes te dejaban sobrecogido y los de ahora son buenos”. Atentos al matiz: sobrecogido/bueno. Obviamente, el editor construyó a Carver y le hizo inmortal, pero nunca hubiera podido escribir sus historias aunque contribuyera a mejorarlas. O sea, pasar por el aro. Para mejor.

Lish se convierte en autor por “sustracción”. Porque, partiendo de la misma base, se cuentan cosas distintas y, por tanto, no estamos ante el mismo relato. La sustracción aplicada por Lish modifica completamente el sentido del relato y la emoción que suscita. Claro que habría que ver la gracia que le haría a Mozart acortar su réquiem para que durase menos o pedirle a Pollock que no arrojase el último cubo de pintura, el cubo definitivo, contra el lienzo.

 

 

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