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Nuestros relatos

 

 

C-880

Por Juan Torres

 

 

Apocado, ensimismado, tímido,... ninguna de estas etiquetas le sentaba tan bien como ‘distinto’. Había empezado por cambiar de hábitos alimenticios, pero en esos momentos rondaba la absoluta desalineación social.

 

Su madre, una devota más, alertada por sus movimientos y confundida por sus diálogos, no dudó un instante y avisó al Sistema. El Sistema mandó comenzar una investigación: C-880, un trabajador, un aliado, en definitiva, un Productor, terminaba su Labor obligatoria y se confinaba en su panalítica vivienda. Allí, se encerraba en su cuarto, en su soledad, aislado del mundo, del que solamente salía para volver a su labor. No había ausentismo ni rebelión; el problema para el Sistema era mucho más grave: C-880 mostraba indicios de tener personalidad.

 

No sabían decir cómo, si era en la manera de hablar, de vestir o de trabajar, pero se decía que incluso podría haber llegado a desarrollar ideas propias, lo cual era una amenaza directa al Sistema según el Código Único de Conducta ¿Cómo podía ser? ¿Qué había fallado? ¿Acaso no había leído el código? Si, por supuesto que si; en el juicio se revisaron cintas de colegio, audiciones, exámenes,... todo estaba almacenado en la memoria virtual del Sistema. Y ahí estaba grabado C-880 en su niñez, cuando todavía era Carlos; oía el código, si, incluso seguía la lectura con los labios, pero ya de niño a veces cerraba los ojos y parecía que usaba la imaginación, otro de los confesos enemigos del Sistema.

 

Para que no germinase la envidia y la avaricia entre los productores, además de igualdad de salarios ‘inter pares’, el Código había dispuesto cubículas idénticas, de blanco minimalista y cuya ornamentación tanto interior como exterior estaba rigurosamente prohibida. El Código, en uno de sus puntos más controvertidos, estipulaba además que cada celda era unipersonal y privada, siendo el único encuadre de confidencialidad asegurada.

 

Y era en ese reducto en el que Carlos pasaba sus horas; no iba a las salas de ocio, ni hacia recreo deportivo, escapando así de los simples pero eficaces métodos de control que el Sistema ejercía sobre la masa. El Sistema pensó que quizás habría encontrado algún método secreto de realización personal… Las pruebas eran ligeras y las etéreas conclusiones no demostraban nada; sin embargo, las acusaciones vertidas sobre él eran suficientes para un juicio menor: posible uso de la imaginación, e indicios de ideas y personalidad propia: patología clara de un posible enemigo del orden establecido.

 

Al ser solamente un delinquir ‘posible’, C-880 fue debidamente arengado y exhaustivamente vigilado, pero sus actos públicos (labor y más labor) no suponían delito alguno. Entonces, y como medida cautelar ejemplificante, se creó un seguimiento personalizado: su jornada era grabada y estudiada por el tribunal de los 100 Ojos, las 50 máximas autoridades judiciales del Sistema. Era todo lo lejos que podían ir contra Carlos: si un Productor cumplía en su labor, de nada podía ser culpado ni su celda podía ser registrada, por lo que todo se reducía a sus apariciones sociales. Los 100 Ojos velaban por el orden del Sistema: C-880 iba a pie a su labor, la realizaba con soltura y volvía a recluirse en su improfanable confín, donde pasaba las horas muertas… ¿Qué haría? No llegaba cansado nunca a su labor... ¿Dormiría? Nada podía saberse ¿Habría conocido alguna mujer? Descartado, hombres y mujeres tenían prohibido el contacto visual y más aún el contacto físico.

 

Una mañana más, los 100 Ojos vieron salir a C-880 de su minimalista panal, andaba risueño, tranquilo, y se le veía feliz. En sí, ser feliz no era delito, pero era aquella expresión en su cara la que los 100 no podían soportar. Y aquella mañana sucedió: Camino hacia su labor, despreocupado de su seguimiento y acompañado por su sonrisa, Carlos empezó a golpearse el pecho con las palmas de las manos, produciendo un curioso ritmo a los ojos de sus vigilantes y para agrandar aún mas su sorpresa, juntó los labios hacia fuera, dejando salir un sonido que sobresaltó al resto de los productores:

 

-¡Está modulando la salida de aire con su boca! Dijo uno de los jueces.

-¡Creo que se llama ‘silbar’!.- añadió otro- una vez se lo escuché mencionar a un anciano. Se hacía en la antigüedad para producir....., - y la voz se le entrecortó- ... música.

 

La palabra música sonó como una losa en la sala de los 100 Ojos: la música, la poesía y las demás artes habían sido prohibidas hacía ya tanto tiempo que incluso pronunciar esas palabras era un sacrilegio contra el Sistema. Todos guardaron un sepulcral y significativo silencio para escuchar a C-880. Carlos silbaba al tiempo que realizaba su labor, y los otros productores se pararon a escuchar su melodía. Los 100 actuaron rápidamente, le colocaron con los mejores productores de su rama, con lo cual, si no rendía al mismo nivel entre tanto demoníaco silbido, C-880 sería detenido por falta de rendimiento, y tendría que dar cuenta de sus actos. Carlos esbozó una sonrisa ante aquella nueva situación, y comenzó su nueva labor al tiempo que continuaba ‘modulando el aire’. Los otros productores, consabidos devotos, quisieron no escuchar en un principio las canciones de Carlos, y desde la sala de los 100 se vanagloriaban de su momentáneo éxito. Sin embargo, parecía que al ritmo de las notas musicales, C-880 realizaba su labor de manera más eficiente que los mejores productores del Sistema. Era como si la música le diera fuerzas..., era..., no sabían definir la situación, pero se tornaba insostenible.

 

El productor C-880 fue detenido aquella misma mañana, mientras mostraba a otros productores como se habían de colocar los labios para producir aquellos sonidos tan extraños que daban fuerza para trabajar. El juicio comenzó tras un confinamiento de 10 días en una sala blanca, sin asientos, sin comodidades, y con una grabación repitiendo el Código las 24 horas. Aquello acabaría con él, pensaron los 100.

 

La primera en declarar fue su madre biológica. M-221, que hasta ese momento solamente le había visto tres veces en su vida, declaró que en el momento en el que la eligieron para que concibiera  la simiente de  T-2077,  padre de Carlos, nunca pensó que éste último fuera a dar problemas y pidió perdón al tribunal. Abandonó la sala tras ser declarada inocente y reprobó con la mirada a su ‘hijo’. Fueron llamados otros productores, quienes alegaron que C-880 hablaba cosas extrañas sobre otros mundos, sobre bosques, animales, ríos,... sobre lugares donde se podía hablar con mujeres, y correr por las calles.

 

Toda la comunidad escuchaba las palabras de los productores mofándose de C-880, ante la complaciente mirada, ahora si, de los 100 Ojos, que veían como nadie daba crédito por las ideas de Carlos. La última  intervención antes de la de Carlos, iba a ser la de D-448, su compañero de labor durante los últimos años. David, como así le llamaba Carlos y cuyo nombre fue prohibido por el tribunal, fue confinado durante dos días con el mismo régimen que el preso C-880, terapia que aseguraba a los 100 una declaración favorable.

 

Su llegada al tribunal fue melodramática; los ojos hinchados de no haber dormido en su confinamiento y las ideas del código tan enraizadas que su declaración fue tan mecánica como resolutiva: C-880 había estado intentando manipular su mente y reducir sus esfuerzos; en definitiva, estaba tratando de fomentar una revolución.

 

C-880 fue devuelto al trabajo aislado mientras se tomaba una resolución sobre su caso. A pesar de la magnitud del problema generado por el productor, el Sistema tenía que dar ejemplo recolocándolo en la cadena de producción y asegurando que el montante final no se viera perjudicado por un caso aislado.

 

Carlos fue emplazado en una sala apartada de la cadena central, y su tarea fue doblada debido a la perdida ocasionada por los 10 días de reclusión. Un recio encargado de seguridad vigilaba cada uno de sus movimientos y así transcurrieron los días hasta que fue llamado a declarar.

 

De sus palabras se dedujo que conocía el código y que sabía como moverse en la línea que lo dejaba muy al borde de lo moral, pero absolutamente dentro del límite legal, lo cual le permitía un pequeño conclave de intimidad, su cubícula. Al ser preguntado por aquellos condenados silbidos, la sala entera guardó silencio y los 100 ojos se centraron más que nunca en los suyos y en su posible explicación… Carlos se derrumbó sobre sus brazos apoyados en la mesa con la cabeza tapada entre ellos y la plana mayor del tribunal se sintió victoriosa… Entonces se volvió a escuchar aquella estridente melodía saliendo de sus labios y los más pequeños empezaron a sonreír; un agente se acercó arengado por el tribunal y golpeó a C-880 entre sus labios, como queriendo arreglar una maquina que ya no sirve.

 

Era una vergüenza para los 100. Sabedores de su futura victoria, habían preparado la sala para que el hundimiento de C-880 fuera retransmitido a todos los panales y sirviera de ejemplo su vuelta al laborioso redil, y ahora aquella música había atravesado los altavoces y los oídos de todo el Sistema.

 

Carlos fue apartado del grupo la mañana siguiente y su cubícula registrada; tras una minuciosa labor, se encontraron entre las espumas del colchón unas antiquísimas hojas de color sepia, roídas por el tiempo y por el uso, impresas en unos caracteres casi incomprensibles, pero que distaban mucho de ser los usados para el Código. Entre ellas, se hablaban de castillos, de piratas, de romances, de viejas leyendas y de prohibidos amores, de viejos locos y de jóvenes aventureros… de mentiras y calumnias que podrían envenenar el cerebro de un buen productor, que podían acabar con la vida de alguien como C-880. El denostado productor, fue arrastrado hacia las puertas externas del recinto, donde le esperaba la miseria y la inmundicia. Dos agentes le llevaban de los brazos, debido a que los incontables golpes le habían roto la mayoría de los huesos. De repente empezó a llover y se le deslizó la sangre que permanecía seca en su boca; en su último peregrinar por las calles que siempre le vieron feliz, se topó con varios chicos que le miraban sorprendidos. Unió los labios una vez más para entonar su melodía hasta que uno de sus captores lo golpeó sin vacilar en el rostro. La melodía empezó a sonar mientras el otro agente repitió el golpe, aún mas seco y duro que el anterior, en la boca del estomago; el rítmico son seguía escuchándose por las pobladas calles y un tercer golpe acertó a dar en la espalda del joven cuando sus agresores se dieron cuenta de que se había desmayado, si no muerto por el dolor. Miraron a su alrededor con asombro mientras continuaban sacando el cuerpo momentáneamente inerte de C-880, cuando comprobaron que la misma melodía seguía atravesando sus dolidos oídos. Miraron a su alrededor y vieron como algunos niños juntaban sus labios para intentar imitar el sonido que escucharon tan nítidamente difundido por el Sistema; los mayores enseñaban a los pequeños y a cada segundo se volvía a escuchar con más intensidad. Pronto se mezclaron notas para componer nuevos ritmos y los niños fueron a enseñar sus proezas a sus padres. En el momento en el que, con las primeras horas de sol,  el trabajador C-880 era expulsado del Sistema, 10 productores no asistieron a su labor por primera vez en los últimos años.

 

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