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Nuestros relatos

 

 

CAPERUCITA REDUX

Por Marcos Ripalda

 

 

El leñador sale de la cabaña triunfante. Qué agradecida estuvo la niña, qué dedicación, y eso que estaba la abuela delante. Al leñador le han alegrado el día. Ahora comprende la fijación del lobo con la criatura.

El leñador se dirige a su chocita, amueblada con gusto, eso sí, y cuando llega se pone a ver una película de motoristas asesinos y se duerme, que la tarde ha sido muy intensa. Pero la cabezadita le va durar más bien poco, que están llamando a la puerta y es Caperucita. Qué querrá ésta ahora, se pregunta, mirando por la mirilla. Caperucita vuelve a llamar y el leñador dice que ya va. Caperucita se ha quitado la capa roja y lleva un conjunto falda cinturón y camiseta apretadita que al leñador no le disgusta por la cara que pone. Pero, qué haces por aquí, niña. Caperucita no contesta, se limita a poner cara de tú-qué-crees y entra en la chocita del leñador.

A la mañana siguiente, la madre de Caperucita telefonea a la abuela para saber si Caperucita ha dormido allí. La abuela le cuenta la historia del lobo y de cómo, gracias al leñador, lograron salvar sus vidas. Pero no sabe dónde puede haber pasado la noche la niña, aunque sospecha que, aprovechando la coyuntura, ha ido a darle las gracias al leñador, y se ha quedado en la casa de éste porque se le hacía tarde y ya se sabe que por la noche no es conveniente que una niña ande sola por aquellos parajes. La madre cuelga el teléfono y busca en la guía el número del leñador. Sí, está aquí, señora, oye al otro lado de la línea, ya sabe que por la noche es peligroso andar sola por el bosque, aunque escarmentado el lobo no tenía que temer nada, pero por si acaso, ya sabe, mejor no arriesgarse. La madre le da las gracias y le invita a cenar esa noche. El leñador acepta encantado.

El leñador se ha puesto elegante para la ocasión, quiere causar buena impresión ante la madre de Caperucita ahora que ha decidido casarse con ella, con la niña. La noche pasada con Caperucita le ha hecho pensar que está muy solo y que la compañía de una menor le haría muy feliz. Además siempre ha querido tener hijos y Caperucita parece querer lo mismo, por eso está tan nerviosa cuando la madre sirve el primer plato.

La madre de Caperucita ha estado fijándose en cómo su hija miraba embobada al leñador. Ésta, se ha dicho la madre mientras servía el segundo plato, se ha tirado al leñador, que no está nada mal, por cierto. En los postres la madre se adelanta a la petición formal del leñador. Y dígame, leñador, se ha acostado usted con mi hija. El leñador no le niega que siente atracción por su hija, que le gustaría fundar una familia. Pues va a ser que no, le interrumpe la madre. Yo quiero que Caperucita se case con un arquitecto o un médico. Caperucita se levanta de la silla y se abraza al leñador de sus ojos, una expresión que, moldeada para la situación, oyó en un telefilme. No puedes hacernos esto, mamá, porque yo le quiero. Qué sabrás tú lo que es querer si tienes once años, le grita la madre. El leñador debe reconocer, ante la fuerza de los hechos, que la madre tiene razón. Él, un leñador cualquiera, no tiene nada que ofrecerle y, sin embargo, un arquitecto o un médico, qué no le daría un hombre cualificado, con estudios superiores, una casa en la playa, una vida sin sobresaltos, como Dios manda.

La madre ha acompañado al leñador hasta la puerta. No se preocupe, le dice al leñador, ya se le pasará, tiene toda la vida por delante. El leñador asiente y se marcha cabizbajo.   

La chocita, antes tan querida, le parece ahora al leñador vacía sin su Caperucita. Pues tendrás que acostumbrarte, se dice a sí mismo el leñador. Y en éstas está cuando alguien llama a la puerta. No, no es Caperucita, sino su abuela. Qué querrá ésta ahora, se pregunta. La abuela le propone al leñador que utilice su casa para encontrarse con Caperucita siempre que él quiera, pero con la condición de que se acueste con ella primero. El leñador le dice a la abuela que pase, que el trato no le parece mal, todo sea por estar con Caperucita.

Han pasado algunas semanas y el leñador está contento de ver a Caperucita cada día. Pero no soporta las exigencias de la vieja. Qué obsesión la de esta mujer, se dice, de hoy no pasa que le diga que se acabó lo de hacer doblete, que eso cansa mucho y no está por la labor.

Así que el leñador habla esa misma tarde con la abuela y le pone las cosas claras, pero la abuela le amenaza con contarle todo a la madre de Caperucita. El leñador decide asesinar a la abuela en el acto y de un hachazo la deja tiesa. Se deshace del cuerpo hundiéndolo en el río.

Como todas las tardes, Caperucita va a visitar a su abuela con la excusa de que está pachucha. La madre, que se viene oliendo el engaño, decide que al caer la tarde se presentará en casa de la abuela. Cuando Caperucita entra en la casa, el leñador está tomando su habitual vaso de leche con galletas. Caperucita abraza al leñador de sus ojos y se van a la cama. El leñador le confiesa que ha matado a su abuela porque le había amenazado con contárselo a su mamá. Al principio Caperucita no puede creer lo que oye, pero como la abuela no aparece en toda la tarde, tiene que rendirse a la evidencia de los hechos.

La madre de Caperucita, escondida detrás de unos matorrales, espía la conversación entre el leñador y su hija. No te preocupes, le dice el leñador a Caperucita, sólo tienes que decirle a tú mamá que estuviste esperando a la abuela toda la tarde y que no apareció. La madre, temiendo lo peor, no puede resistirlo y se abalanza sobre el leñador, le da golpecitos en el pecho y llora. El leñador trata de calmarla, pero la madre le grita que es un asesino, que va a llamar a la benemérita ahora mismo. Caperucita, en un acto desesperado, agarra el hacha del leñador y golpea una y otra vez a su madre.

Caperucita vive ahora en la casa de la abuela porque es más espaciosa. Ha recibido hace poco una carta del lobo. Por lo visto está bien. Dice que sólo encontró dos cuerpos de mujer mientras paseaba cerca del río. Del leñador ni rastro. Caperucita piensa escribirle esta misma noche.

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