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Nuestros relatos

 

 

ESTEBAN FELICIDAD

Por Marcos Ripalda

 

 

Esteban es un drogata sano. Eso dice él. Aunque yo creo que es un drogata de toda la vida. Más para un lado que para el otro, ya me entienden. Esteban camina con ese andar de pájaro listo que tienen los del barrio y que, enganchados al jaco, tratan de zafarse de la vida que se les prometía feliz.


Esteban prometía ya desde pequeño. Larguirucho, inquieto, juguetón no había quién le sacara de la piscinita de plástico del jardín de su vecino Mateo. La casa de Mateo era de aspecto lamentable, cierto, pero aún así se la podía rodear buscando tesoros y hasta tirarse cubos de agua cuando el calor apretaba.


Ya despuntó en quinto curso cuando se jugaron entre unos cuantos, a pares y nones, quién le daría una patada a Manolín, al que el bueno de Carpio le entregaba su merienda todos los días. Y le tocó a Estaban, claro, que por entonces sabía latín.
Aquellos días en que Esteban se los prometía felices, mi hermano Jacobo le ponía tildes y hasta puntos y aparte a su relación con Rebeca, una niña rubita y un poco estirada que todas las tardes se pasaba por el tabanco a ver al padre.


Esteban hizo y deshizo a su antojo hasta finales de quinto y en sexto le partieron la boca. Por eso se pasó todo séptimo planeando lo que haría en octavo. Pero nadie supo cuáles eran sus planes porque lo mandaron interno.


A Esteban le vimos cambiado aquel verano. Tenía los ojillos ahora de un azul apagado. Nos saludó desde el balcón pero no entendimos los que nos dijo o si nos dijo algo. Luego lo vimos entretenido con Benito en los recreativos. Lo vimos encerrado en la casucha de Mario. Lo vimos asando sardinas con Jesús en el merendero de la estación. Lo vimos en la plaza cazando gorriones con los hermanos Burela. Lo vimos tendido bocabajo en el césped de una casa que no era la nuestra ni la suya. Lo vimos abrir una máquina de condones de un puntapié y llevarse, a punta de navaja y con insultos, la calderilla de una tienda de muñecas. Luego dejamos de verle. Hasta hoy.


Dice Esteban que en la trena hay buena música. Y que los que son como él son inofensivos. Que los hay mucho peores. Como los que siempre miran para otro lado. Que lo que ha echado más en falta es la libertad. Dice que los guardias se portaron bien con él. Que lo invitaban a tabaco y chicles de nicotina.


Mi hermano Jacobo terminó hace unos meses la carrera de Derecho y, tras un verano de excesos, quiere ponerse a trabajar cuanto antes. No quiere perder ni un segundo. Ha estado tan ocupado copiando en los exámenes que ahora tiene que demostrar que como abogado nadie copia y traspapela como él.


Así fueron las cosas. Mientras mi hermano Jacobo pasaba a segundo, Esteban, que no se libró de la mili, aún andaba con la Sole, una putita de buen ver que hacía las veces de guía para los excursionistas de San Vicente. En tercero, Jacobo se echó novia formal mientras mi prima Claudia se emborrachaba con las copitas de anís que le daba mi abuelo a cambio de un beso. Al terminar cuarto, Jacobo dijo que se iba a la India y nadie le creyó. Esteban, que estaba cansado de lidiar con su tío Lorenzo en la panadería, le dijo que se iba con él. Ese día entré de aprendiz en la imprenta.


Jacobo se dio la vuelta en Calcuta una semana después de salir de Madrid. Había tenido la precaución de beber agua embotellada y sólo después del sexto cubata se dio cuenta de que los hielos eran marrones.


Esteban volvió tres semanas después. En la playa, mientras Jacobo sufría con la barbacoa y yo ponía el mantel, los platos, los cubiertos y los vasos, nos contó, mientras cortaba minúsculos pedazos de fruta para la sangría, que la India era muy grande. Cuando mi hermano se marchó al pueblo a por más vino, Esteban, con el que era la primera vez que hablaba desde el colegio, me dijo algunas cosas. Me dijo que era feliz y que su viaje por la India le había ayudado a pensar. Me dijo que estaba preparado, aunque no puntualizó para qué lo estaba. Me dijo que las cosas pendientes son las que nunca se hacen. Y yo pensé que hablaba en serio, que la India había obrado un cambio en él. Que todo lo que decía estaba envuelto en ese misticismo que atribuimos a lo exótico. Y lo cierto es que nada de lo que me dijo se lo hizo más fácil ni más difícil.


El primer pico se lo metió en los baños del instituto mientras Robledo probaba su puntería con una mosca a la que pretendía ahogar con el chorro de su pipí. Tuvo su primera taquicardia en clase de religión. Probó su primer bicho, ácido, secante en el bar de Acuña, donde también se apuntó al fentanyl y la oxycodona, que le pasaba un estudiante de veterinaria. Con el benzodiazepin y el butorphanol hizo el agosto en el Espárrago Rock. Organizó fiestas del cannabis, aprendió a camuflar anfetaminas en viseras, zapatillas y dobladillos, tomó once variedades de éxtasis y hoy sale en un programa de televisión.


La presentadora viste para la ocasión con recato. Tiene en la mano una tarjeta con los nombres de los invitados. Concha. Una madre alcohólica con siete hijos. Paco. Un vendedor de chatarra que entregó en una apuesta su casa como aval. Asier. Un adolescente enganchado a la Coca Cola y a las drogas sintéticas, de diseño, a la última. Juan Carlos. Un trabajador del Metro de Barcelona que tiene problemas con el lexatin. Y Esteban, que ya sabemos qué problemas tiene. La presentadora ojea el último nombre de la lista y hace los honores. Esteban Felicidad. Así le llaman los que le conocen bien, pero su verdadero nombre es Esteban García, nuestro Esteban, que camina con ese andar de pájaro listo que tienen los del barrio y que, enganchados al jaco, tratan de zafarse de la vida que se les prometía feliz.

 

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