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Nuestros relatos

 

 

FALTAS

Por Marcos Ripalda

 

 

—La salida once. ¿Ves? Aquí pone once.

Agitas el mapa como si fuera una bandera y me lo pones delante. Señalas con el dedo un punto azul. No puedo ocultar mi alegría. Pienso: Voy a pasar un fin de semana en ese punto azul. 

—Mira, si ya casi estamos. ¿No ves la casa?

La casa es una chocita plantada en un cuadrado de césped en mitad de un lago.

—Podemos nadar hasta allí o coger una barca —me dices. Abres la guantera y sacas las gafas de sol—. Hay de todo en la casa, así que no tenemos que parar.

Aparcamos el coche entre dos líneas blancas dibujadas en el suelo. Imagino mi cuerpo tirado allí. No puedo evitarlo. Siempre imagino cosas así. Soy una figura de tiza donde antes estaba mi cuerpo.

Te bajas del coche y miras hacia la casa. Me dices que baje. No lo hago inmediatamente porque no quiero darte el gusto.

No hay tiendas, ni parques, ni gente. Sólo esa choza de madera prefabricada. El colmo de la soledad.

Cuando llegamos a la casa me encierro en el baño.

Pasan dos mil años.

Cuando salgo estás leyendo el Dominical. Te digo que voy a salir. Salgo.

El cielo está azul. Ni una sola nube. Ni un pájaro. El silencio me tapona los oídos. Pienso: Estoy sola en medio de un lago. Sola, sola, sola...

Me acerco al embarcadero. Bajo el agua veo cómo se revuelven los peces. Tranquilos, no voy a pescaros: no sabría cómo. Dejaré que os aburráis en esta agua clara. Oh, pero vosotros nunca os aburrís porque no tenéis memoria. Estoy viéndome bajo el agua. Estoy flotando bocabajo y puedo ver cómo crece el musgo del fondo. Debo llevar muerta mucho tiempo. ¿Llevas mucho tiempo aquí? Me lo pregunta un pez de color canela y limón. Pero no puedo responderle porque estoy muerta. Tengo los ojos abiertos y estoy muerta. ¿Quién está mirando por mí entonces? No puedo estar segura. Y es que ahora soy como un pez sin memoria. Una vuelta. Qué divertido. Otra vuelta. Qué divertido. Ojalá pudiera hacer lo mismo. Dejar de sentir, no pensar.

Nos estamos vistiendo para cenar. Me gusta este ritual de ponernos guapos, aunque, como hoy, abramos un recipiente precocinado y lo calentemos en el microondas.

Comemos en silencio. Algunas veces desvías la mirada del plato y miras hacia la ventana. Pero seguro que no puedes ver nada. Yo sé que me estoy emborrachando un poquito. Pienso: Me emborracho para que tu ausencia no me ofenda. 

Dices que vas a escribir un poco. Sacas la máquina de su estuche y te pones a ello. Escribes un buen rato sin que nada te distraiga. Vacío un bote de insecticida por toda la casa. Pienso: Nada podrá sobrevivir a esto.   

Pones la radio. Te lavas los dientes. El pijama, las zapatillas. Descubres la cama. Enciendes la lamparita y lees un poco. Anotas algunas palabras en una libreta. Apagas la luz. Te duermes.

Me pongo un gin-tonic bien cargado. Me pongo otro. Me sirvo también de ese licor de guindas que me regalaron por mi cumpleaños. Dicen que no es bueno mezclar. Un par de chupitos. Y a la cama. A dormir la puta mierda que me cogí.

Duermo.

Y Sueño. Eso espero.

Hago que sueño.

Duermo la mierda.

Me despierta la batidora. Me cubro la cabeza con la almohada. Pienso: Pareces tonta. No volveré a probarlo. Oigo un chasquido y la puerta de la habitación se abre. Traes un vaso y una jarra con un líquido amarillento. Me dices:

—Pomelo, naranja, limón, miel y un chorrito de leche. No te digo más.

Me bebo el vaso entero, ansiosa.

Vomito.

Dices que vas a dar un paseo. Me pregunto si sabrás andar por las aguas.

De la puerta de esta choza al lago hay diecinueve pasos. Y detrás de la casa hay un prado pequeño. Un prado sin caballos. Un prado con ortigas y mosquitos. Un prado amarillo, seco.

Me tomo un par de paracetamoles. Enciendo la radio y sintonizo un canal de música clásica. Me paso toda la mañana acostada en el sofá.

Vuelves de caminar sobre las aguas. Entras en la cocina y buscas una cerveza en el congelador. Las dejas ahí porque te gustan heladas. A veces se te olvida sacarlas. Pero no te molesta. Dices: Beberé agua entonces.

Me cuentas que has visto una bandada de pájaros. Proyectaban en el cielo la punta de una flecha. Aquí pronto hará frío. Tienen que darse prisa.

Mueves la ruedita y cambias de emisora. Escucho: “Las ventas han caído un veinticinco por ciento este mes. Parece que los inversores tendrán que esforzarse para…” Cierro la puerta de la habitación y me acuesto.

No han pasado ni dos horas pero el sueño me ha venido bien. Aunque siento un poco de frío. Me levanto y echo un vistazo al salón. Me pongo tu chaqueta de punto. Salgo.

Estás ahí, nadando. Dices que me meta. Que al principio está un poco fría. Que se pasa enseguida. Te digo que hace frío. Pienso: Tienes que salir de ahí. Pronto será de noche.

Tomamos una copa. Tomamos otra. Otra. Un cóctel de piña, vermú… No me quieres decir qué lleva. Lo cierto es que me da lo mismo. A la tercera copa de esta mezcla deliciosa me dices que te vas a la cama.

Acabo de arrojarte mi vaso y no te has movido. Estás ahí de pie y sé que no vas a hacer nada. Te irás a la cama de todos modos. Pienso: Seguiré bebiendo. Qué importa lo que haya dicho antes. Oh, ¡cállate ya!

Me acerco al fregadero y cojo un vaso. Echo un poco de cada botella. Me bebo todo lo que hay en la casa. Ron, pacharán, vino, cerveza… Estoy muerta, lo sé. Pienso: Pronto estarás mirando el musgo del fondo del lago.

Me caigo sobre la taza del retrete. Acabo de vomitar y me siento mejor. Imagino que duermo en una postura imposible algunos minutos y que luego me dejo caer en el suelo.

Pasan dos mil años.

Abro los ojos. Es de noche. Me siento en el borde de la bañera. La puerta del baño sigue cerrada. Pienso: Como si me hubiera muerto de verdad. Me concentro en este silencio interrumpido por tus dedos deslizándose por la máquina. Tra-tra-tra. Silencio. Tra-tra. ¡Es para volverse loca!

Abro la puerta del baño.

—¿Ya se despertó la bella durmiente? —preguntas. Dejas a un lado la máquina y me pides que me acerque—. No sabía si llamar a un médico. Ya sabes: Eres dura, pero no puedes confiar eternamente en tu suerte. Mírate —Me coges las dos manos y las ocultas en las tuyas—. Tenemos que hablar, ya sabes, ponernos a ello antes de…

Salgo de la casa. Respiro hondo este aire purísimo. Siento frío. En realidad no ha cambiado nada. No me he purificado con este aire. Es así de triste. Y nada lo hará, nada. Camino pegada al límite de la tierra. Un paso más y caeré al lago. Pienso: Podría hundirme, desaparecer. Y con la fría luz del amanecer saldrás a respirar este mismo aire. Y entonces verás mi cuerpo flotando allí…

Vuelvo a la casa. Te has levantado del sillón y me estás mirando. Me dices lo mismo una y otra vez. Miro hacia la mesa, hacia la hoja que está en la máquina. Pienso: La hoja está atrapada en la máquina. Lo mismo una y otra vez. Por favor, por favor, cállate… 

—¿Qué estás escribiendo? —pregunto.

Me dices que estás escribiendo sobre nosotros. Te pregunto si eso te ayuda. No sé, supongo que sí, me dices. Me preguntas si estoy segura de querer leerlo. Trae aquí, te digo. Entonces me pongo a leer.

Mientras estoy leyendo me dices que has descubierto que te gusta este diario. Escribir todo lo que se me pasa por la cabeza. Porque estoy diciendo todo lo que pienso, ¿verdad? Pienso que lo estoy diciendo todo. No sé, tengo que pensarlo mejor. Hay tiempo para hacerlo.

Termino de leer la hoja.

—Enséñame más —digo. Alargo la mano y me apodero de las hojas. Leo durante toda la tarde. No hago otra cosa. Me dejo atrapar por tus palabras y ellas me van alejando del fondo.

Reúno los folios y te los devuelvo. Te digo que tienes dos faltas de ortografía. Me siento a tu lado. Nos ponemos a ello.

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