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Nuestros relatos

 

 

HÉCTOR

Por Marcos Ripalda

 

 

Sintió una leve punzada en el costado y se dijo que aquello era cosa de la aleta dorsal. Y cuando el agua alcanzaba ya el primer piso, Héctor comprobó que su espalda se había cubierto de escamas doradas.

 

Ya en el desayuno su madre le había advertido que no saliese a la calle. Con la que está cayendo nos van a salir escamas, dijo. Pero el caso es que con lo de la inundación, sólo le salieron a Héctor. La madre, subida al ropero, no dejaba de dar órdenes. Hay que salvar esto o aquello y ella, por supuesto, que no se metía en el agua.

 

La transformación fue rápida. Héctor se convirtió en un pez del tamaño de un chico de su edad aquella misma tarde. Sus hermanos y su padre habían achicado agua toda la mañana hasta quedar exhaustos. Y que Héctor se estuviese convirtiendo en pez no pareció afectarle a ninguno. A ver si achicáis más de la cuenta y se nos muere el niño, decía la madre.

 

A Héctor lo metieron en la tinaja cuando vieron que los pies se le caían y en su lugar aparecía una cola dorada con destellos verdosos. Héctor era un pez bonito. En eso estaban todos de acuerdo.

 

Después de la inundación se dieron más casos. Siempre era el pequeño de varios hermanos quien se transformaba. Los hijos únicos nunca se vieron afectados, así que las familias se olvidaron de descendencias numerosas. Sin embargo, hubo familias que tuvieron más de un hijo. Mejor un hijo pez que nada, decían.

 

Un día Héctor salto de su tinaja y pidió que lo llevasen al mar. El agua salada lo mató. O un pez de verdad, quién sabe.

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