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Nuestros relatos

 

 

MARTES DE LLUVIA

Por Marcos Ripalda

 

 

Cuando llovía los martes por la mañana mi abuelo salía desnudo al patio y orinaba en los arriates. Si no llovía, el martes era también el día que Katia nos preparaba el desayuno. Katia nos traía pan tostado, mantequilla, mermelada y zumo de muchas frutas. Pero el abuelo nunca probaba el zumo.

El zumo sabe a pis, decía. Y Katia decía que era bueno para los riñones, que limpiaba por dentro y muchas cosas más.

Digo que mi abuelo se desnudaba los martes de lluvia y echaba una buena meada. Pero Katia no estaba allí para verlo. Porque llovía. Que mi abuelo sí que meaba. Y Katia no le hubiera dado tanto la lata con lo del zumo.

―A ver, abuelo, tómese esto que le viene estupendo.

Y mi abuelo que no y que no. Y le decía a Katia que iba a durar cuarenta años más.

Cuando llovía los martes por la mañana a mi abuelo le entraban unas ganas horrorosas de mear. Pero Katia no estaba allí para verlo. Para mi abuelo hacer aquello era su forma de decirnos a mí y a Katia que viviría para siempre.

Pero un martes que llovió todo el día mi abuelo no bajó al patio para mear sobre los arriates. Yo se le pregunté:

—Abuelo, ¿hoy no vas al patio?

Me dijo que le dolían los riñones. Entonces me acordé del zumo de Katia.

Cuando Katia abrió la puerta y le dejó una bandeja con el zumo miré a mi abuelo. Se lo estaba bebiendo, despacio.

—No está tan malo.

Entonces bajé a la cocina y le dije a Katia que yo también quería probar el zumo.

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