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Nuestros relatos

 

 

VACA

Por Marcos Ripalda

 

 

Se quedó mirando la vaca toda la tarde. Luego se puso en camino. Le dijeron ándate con ojo que la vaca es lista.

 

Juan no tenía prisa. Divisó la casa muy lejos pero no estaba preocupado. Seguro que llegaría de noche.

 

Llegó. Era de noche.

 

Llamó a la puerta y esperó. Llamó de nuevo.

 

Se dijo que se habrían marchado sin él.

 

¡Cago en Dios!

 

Juan rodeó la casa. La puerta de servicio estaba cerrada. Cogió una piedra.

Ya dentro no encontró a quien buscaba. Paco estaba sentado en una hamaca.

 

—Esa vaca es del tío Lorenzo, ¿oyes?

—Oigo muy bien.

—Pues ya te puedes ir dando prisa en dejarla donde la cogiste.

—¿Y dónde supones que la cogí?

—No supongo nada. La cogiste.

—Tú estás chalado.

—Lo vi.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—Te dejé que la tuvieras. Quiero ver cómo agachas la cabeza ante el tío Lorenzo.

—La cogí porque ella me lo pidió.

—No la metas en esto.

—Lo habíamos planeado juntos.

—Estás mintiendo.

—Puedo probarlo.

—Ja.

—Me creerás ahora. Lo dice bien claro en este papel. La vaca y el burro se quedarán en casa de Eusebio.

—No tiene validez.

—Porque lo dices tú.

—Porque lo digo yo.

 

Juan se sentó también. Buena caminata se había pegado. Paco le agarró de la mano.

 

—Mira, Juan, a mí me da igual lo que diga ese papel. La vaca no es de Eusebio.

—No, Paco, la vaca se queda donde está.

 

Esperaron a que llegara el tío Lorenzo. El tío Lorenzo no se andaría con chiquitas. Lo que pusiera ese papel no le detendría.

 

El tío Lorenzo llegó. Eran más de las dos. Juan dormía en la hamaca con las manos en cruz. Paco le dio un empujón.

 

—Tío Lorenzo, la vaca es de Eusebio. Mira.

 

Le enseñó el papel.

 

—Te coges el papel y te lo guardas en el culo, mamarracho.

—Sólo quiero que lo sepa. Ahora me voy.

—Tú no te vas hasta que yo hable.

 

Juan estaba cogiendo su sombrero cuando le llegó la primera bofetada. Oía que Paco gritaba:

 

—¡Déjalo, que lo vas a matar!

 

Pero el tío Lorenzo le seguía pegando. Juan empezaba a no sentir nada. Se iba, se iba.

 

Y antes de irse para siempre lo dijo.

 

Que la vaca era de Eusebio.

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