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Nuestros relatos

 

 

VÍCTOR

Por Indalecio Machuca.

 

 

Hace muchos años mis padres concibieron un ser al que nueve meses más tarde condecoraron con el nombre de Víctor. Siempre que recuerdo aquel día me viene a la mente un pequeño guerrero indio con el que jugaba mientras mi tío esperaba nervioso la llamada del teléfono. Yo seguía aguardando el ataque de los yanquis a nuestro poblado, sabía que la batalla iba a ser difícil, así que convoqué a todas las demás tribus para que se unieran a la lucha mediante señales de humo. Y mi tío encendió un nuevo cigarrillo. Finalmente el teléfono sonó justo un instante antes de que el General William fuera alcanzado por una de mis flechas.

 

-Diga, sí,… dime, ¿Qué tal todo?

 

Y mi tío se mordió el labio inferior y de sus ojos empezaron a salir lágrimas de satisfacción. Cuando colgó el teléfono el General William cayó de su caballo. Una flecha le había atravesado el corazón y estaba muerto.

 

I

 

Eran casi las ocho de la mañana del domingo. El reloj despertador estaba a punto de hacer sonar su alarma y yo ya llevaba un par de minutos despierto. Me incorporé sobre la cama y estiré mi cuerpo aletargado mientras en mi mente se desvanecían las figuras infantiles e imágenes borrosas que la habían vuelto a encadenar por otra noche al amargo mundo de los sueños. Trabajo me costó llegar hasta la ducha pero peor fue descubrir que no funcionaba el agua caliente. -¡Qué diablos! –Exclamé mientras me impulsaba en un arranque de valor debajo del torrente de hielo que fluía a través de la alcachofa. Veinte minutos más tarde me ajustaba el cuello de la camisa y volvía a atusarme el flequillo en el espejo junto a la puerta de la habitación. Había llegado el momento de bajar a desayunar.

 

-Buenos días, ¿Qué tal ha dormido?- Me saludó amablemente la dueña del hotel desde detrás de la barra donde preparaba los cafés.

-Bien, gracias.- Contesté con una media sonrisa.

-Puede usted sentarse en cualquiera de las mesas junto a las ventanas.- Dijo.

-Gracias.- Repetí mientras me aproximaba a mi asiento.

 

Sobre la mesa un ejemplar del diario local estaba abierto por la página de los pasatiempos, alguien había dejado un crucigrama a medio terminar y justo debajo la predicción meteorológica anunciaba lluvias para esa misma tarde.

 

-¿Con leche?

-Sí, por favor.

 

La joven camarera vertió un chorro de leche en mi taza y se marchó a servir a la mesa contigua con la misma indiferencia. Dos mesas más allá, arrinconada en el otro lado del comedor, había sentada una mujer que trataba de dar de comer a su pequeño, quien parecía no sobrepasar los dos años de edad. El niño se resistía y pataleaba cada vez que su madre le introducía la cuchara en la boca. Aquél potingue cremoso debía saber a rayos.

En la calle, el vaivén de los transeúntes no impidió que mi mente volviera a dispersarse tras un pequeño sorbo de café aún hirviente.

Recordaba el nacimiento de Víctor como si fuera ayer. Vino al mundo un 20 de diciembre y por eso fue siempre considerado como un regalo de Dios. Aquellas navidades fueron según mis padres las más bonitas de sus vidas. Y para mí debían haberlo sido también pues los Reyes Magos me habían traído un hermanito. Cuando mi madre regresó del hospital con el bebé en su regazo me pareció ver a la Virgen María y el niño Jesús entrando por la puerta de mi casa. En los días siguientes vinieron a adorar a Víctor familiares, vecinos, amigos, e incluso los Reyes Magos en persona, a quienes yo, desde aquellas navidades, había arrojado a una caja polvorienta de por vida. No entendía el entusiasmo de la gente ante lo que yo consideraba poco menos que un estúpido engendro, un ser inútil que dormía durante el día y lloraba por las  noches, y al que había que acercarse con una mano en la cara a modo de mascarilla.

Cuando aparté mi vista de la calle y mi mente regresó al comedor la mayor parte de los clientes ya se había marchado. La camarera andaba con un trapo húmedo fregando la mesa donde aquella madre había estado alimentando a su hijito y la dueña del hotel me miraba sin disimulo mientras se sacudía con vehemencia el delantal. Agarré mi taza de café y lo terminé de un trago, no sin cierta sensación de desagrado al comprobar que ya no estaba caliente.

Al salir del hotel me subí la cremallera de mi abrigo hasta la barbilla, metí mis manos en los bolsillos y comencé a caminar calle abajo. De reojo advertí como en el interior la camarera retiraba y fregaba ahora la mesa donde acababa de desayunar.

 

 II

 

En el día de mi quinto cumpleaños Víctor aún no contaba con cuatro meses de edad. Mi madre había decidido montar una especie de fiesta familiar a la que asistirían mis abuelos, tía Berta y tío Andrés, la prima Martita  y mi tío Julián. Todos ellos me hicieron estupendos regalos, entre ellos el poblado de los indios Comansi, con tiendas y caballos. Tía Berta tuvo la brillante idea de pintarme la cara con su pintalabios color rojo y yo no paraba de saltar de aquí para allá con un gran gorro de plumas blancas en la cabeza y practicando gritos de indios apaches. Estaba feliz. Incluso Víctor me resultó aquel día más agradable, a pesar de su peculiar modo de felicitarme el cumpleaños, al que le siguió mi abuela diciendo: "-Salud, mi pequeñín," mientras le daba una palmadita en la espalda. Poco a poco la fiesta se fue diluyendo en conversaciones que no entendía bien. A un lado mi padre y mi tío Andrés hablaban de Franco, un hombre mayor vestido de militar que a veces salía en la tele. Al otro lado estaban mi abuela, mi tía y mi madre, que lucía preciosa con su vestido verde manzana, a quien veía hablar de una manera un tanto acelerada y soltar una pequeña carcajada de vez en cuando; sin duda el vino ya había hecho efecto no sólo en sus pómulos.  Y finalmente, sentada en la otra punta del sofá, estaba mi prima Martita, que no hacía otra cosa que sacarme su lengua color de fresa y enseñarme su piruleta como si se tratara de un tesoro. De pronto el llanto de Víctor alarmó a todos los presentes, mi madre dejó su copa sobre la mesa y corrió a la habitación en su busca, mientras pensaba en voz alta en la posibilidad de que hubiera manchado los pañales. La exaltación y el júbilo regresó entonces a mi fiesta de cumpleaños de la mano de Víctor y la magnífica exhibición que nos hizo de su espléndido funcionamiento intestinal, a la que siguieron aplausos de un público totalmente entregado. Entonces aproveché para tirarle de las coletas a Martita, que rompió a llorar como si se hubieran acabado todas las piruletas del mundo, pataleaba tanto que parecía haberle dado un ataque epiléptico. Fue nuestro primer gran encuentro. Años más tarde la pecosa y malcriada Martita se convertiría en una guapa y melosa muchacha con quien tuve otros encuentros durante nuestra inquieta y curiosa pubertad, igual de intensos aunque menos dramáticos. Por ese entonces si algo conservaba aún de aquella niña engreída era su afición por tener su dulce lengua ocupada, y ya no precisamente de piruletas.

 

-¿Tiene fuego?

 

Aquella chica sostenía un cigarro en sus dedos a la espera de que encontrara el mechero.    -¿Dónde estará?- Pensaba yo mientras mis manos se precipitaban por los bolsillos de mi pantalón. Tras unos instantes que parecieron horas le encendí su cigarrillo y junto a una bocanada de humo por su boca salió un correcto “gracias”. No pude evitar detener mi mirada en sus labios, carnosos y brillantes. Tuve que mirar mi reloj en un intento por despertar del estado libidinoso que la muchacha había suscitado en mi interior. Eran las diez menos cuarto. Un autobús que no era el mío paró frente a nosotros. La chica subió contoneando sus caderas tras apagar el cigarrillo en el suelo con la suela de sus zapatos de tacón. Me preguntaba cuanto tiempo más tendría que esperar.

Aquella misma noche, la noche de mi quinto cumpleaños, desperté sobresaltado en mitad de la madrugada. Nunca antes me había pasado, o al menos no me acordaba de haber sentido lo mismo. Y mi sensación fue de auténtico pavor al encontrarme rodeado de tanta oscuridad y silencio. Tenía el cuello empapado de sudor y aunque apenas era capaz de moverlo podía sentir el frío de la humedad sobre la almohada. Ni siquiera podía gritar, tan sólo fui capaz de susurrar un suave "-¡Mamá!". A la mañana siguiente, de las rendijas de la persiana entró un rayo de luz que alumbró mis ojos, una caricia peinó mis cabellos mojados y un beso me despertó. Cuando mi madre subió la persiana y dejó que toda la luz iluminara la habitación, recuerdo que agarré las sábanas y oculté debajo de ellas todo mi cuerpo todavía encogido. Aún así podía ver a través de la sábana la silueta ensombrecida de mi madre de pie delante de la ventana. Y pude verla acercarse hacia a la cama con la mano alzada dispuesta a provocar uno de los episodios más terribles de mi infancia. No sé cuántos azotes me dio pero hubiesen sido menos si no me hubiera agarrado la muñeca con la otra mano. Y recuerdo que grité y lloré muchísimo y ella me gritaba: -"¡Calla! ¡Calla!", mientras me pegaba. Cuando a media tarde llegó mi padre de trabajar se encontró con unas sábanas tendidas en el tendedero y la mirada de un niño asustado que le observaba desde detrás de una ventana.

 Una mujer de enormes proporciones detuvo por un instante mi peregrinaje por aquella encrucijada de recuerdos al empujar levemente sus voluminosas caderas contra mi antebrazo. Cuando hubo terminado de sentarse el autobús prosiguió su ruta por las calles más modernas de la ciudad. Comprobaba con asombro a través de los cristales cómo habían levantado edificios financieros y centros comerciales en el lugar donde mis padres solían llevarnos a pasear todos los domingos. Habían desaparecido aquellas explanadas plagadas de flores y plantas silvestres donde corría jubiloso y jugaba a perderme hasta casi hacer imperceptible el eco autoritario de unas voces que gritaban mi nombre desde la lejanía y me llamaban a la precaución.

Cuando mis padres se casaron tuvieron que mudarse a Madrid por cuestiones de trabajo. Antes vivían en un pequeño pueblo a unos cincuenta kilómetros de la capital. Es uno de esos pueblos en que cada año desciende el número de habitantes y en donde se echa de menos el calor de los niños. Mis abuelos solían recordar con nostalgia los días en que sus hijos y los hijos de los vecinos se agrupaban en chicos y chicas en la plaza del Ayuntamiento. Y se escuchaba el canto de las chicas mientras jugaban a la comba, y las ligeras discusiones y los gritos de euforia de los chicos cuando uno marcaba un gol en una portería improvisada. Y entre cantos y goles, unos miraban sus cuerpos en plena pompa hormonal saltando sobre una cuerda y otras celebraban con una leve y contenida sonrisa el gol de sus jugadores favoritos. Había otras chicas, sin embargo, que no hacían reparos en  demostrar su alegría y, aburridas de un juego ñoño e infantil, se desligaban de las demás para animar y observar los partidos sentadas en un banco de piedra. María expresaba su entusiasmo de una manera peculiar cada vez que Armando hacía un gol. Años más tarde se casarían, se convertirían en mis padres y nacería mi hermano Víctor, un impresionante gol que haría levantar de sus asientos a un estadio entero.

En ese preciso momento tocaba levantarse del asiento del autobús puesto que había llegado al final de mi viaje. Pulsé un botón para avisar al conductor de que deseaba bajarme en la próxima parada. Al fondo, sobre su cabeza, la señal de “Parada solicitada” se encendió y el sonido de un timbre le alertó de mis intenciones. Una vez apeado del autobús sentí un extraño burbujeo de sensaciones al reencontrarme con un lugar que el tiempo apenas había modificado. Una atmósfera casi fantasmagórica envolvía las calles y los edificios, que como rostros envejecidos por el paso de los años, parecían arquear sus cejas en señal de asombro al advertirme. Envuelto en una ligera neblina matinal que no quería disiparse del entorno, caminaba firmemente en dirección a la Calle del Edén, que se encontraba a dos manzanas más arriba, si mal no recordaba. Cuanto más me acercaba, mayor era el estremecimiento que me producía el hecho de estar rodeado por aquellas callejuelas empedradas que parecían pertenecer al mundo espectral, resurgidas de alguno de los sombríos recovecos de mi memoria y que tantas veces había vuelto a visitar en sueños.

Finalmente me encontré frente a la puerta donde debía llamar. Antes de pulsar el timbre traté de normalizar el ritmo acelerado de mi corazón con una honda respiración. No parecía haber nadie en casa. Insistí nuevamente y esta vez golpeé  varias veces con los nudillos de mi puño. Entonces escuché a alguien abrir los cerrojos desde el otro lado de la puerta.

 

-¿Sí? ¿Qué desea?

 

 Pensé que debía estar durmiendo a juzgar por el tono de su voz y la manera de proteger sus ojos de la luz con una mano en la frente a modo de visera. Casi no me dio tiempo a comprobar que se trataba de una mujer. Su rostro palideció por un instante e invadida súbitamente por una gran alegría se abalanzó sobre mi cuerpo y ambos nos fundimos en un fuerte abrazo. -Eres tú, eres tú...-Decía entre sollozos mientras me empujaba al interior. Tras invitarme a tomar asiento se ausentó por unos momentos para cambiarse el camisón y peinarse un poco. La casa presentaba un aspecto descuidado y sucio. Sus anticuados muebles parecían resistirse a ceder ante la flaqueza de una estructura carcomida por el tiempo.  Al apoyar mis posaderas sobre el sofá sentí como si éste se resquebrajara por todos lados. En la sobriedad de la sala colgaban de la pared dos viejos retratos de mi abuela Elvira y mi adorado abuelo Ernesto.

Mi abuelo Ernesto fue una persona excepcional. Tal vez el primer recuerdo que tenga de mi infancia sea la imagen de nuestro encuentro tras una ausencia indeterminada. Tenía unos ojos grandes y expresivos y la cara se le agrietaba en largas y pronunciadas arrugas cada vez que soltaba al aire una de sus habituales carcajadas. -Ven aquí renacuajo y dale un beso a tu abuelo.- El timbre de su voz vibraba en mi mente al contemplar su foto y se traducía al erizarse el vello en mi cuerpo como muestra física de una tierna añoranza. Yo no era persona de lágrima fácil y no me avergonzaba en confesar que jamás había llorado en mi etapa adulta. Aunque también era cierto que no iba a consentir en mí un acto de tan extrema debilidad. Mi abuelo era un hombre alto y robusto, de grandes piernas y brazos, con un gran sentido de la disciplina, no en vano, mi bisabuelo fue comandante militar y participó incluso en la desalentadora guerra contra Cuba en 1898. También tenía un fuerte carácter del que hacía gala nunca en mi presencia. En ocasiones le escuchaba detrás de las paredes de la casa del pueblo decir palabras que yo apenas había oído mencionar. Palabras que años más tarde pasarían a formar parte imprescindible de mi sistema de expresión. Pero él nunca usaba ese tono de voz cuando yo estaba presente, ni yo ni ningún otro niño, pues cuando eso ocurría se transformaba en un ser tierno y dicharachero. Entre mi abuelo y ellos existía una afinidad especial, una cierta complicidad hecha cariño a partes iguales. No olvidaré cada vez que me sentaba sobre sus hombros y agarrado firmemente por sus brazos paseábamos juntos por las calles del pueblo. La gente nos saludaba a nuestro paso y decían: -Ahí va el alcalde con su nieto.- Y yo extendía los brazos a los lados, cerraba los ojos y podía soñar que era un avión de combate bombardeando a los enemigos en una guerra de mentira.

 

III

 

Marta apareció por la puerta con el pelo recogido y vestida con un suéter irlandés de color marrón oscuro que le llegaba a las rodillas. Traía una bandeja con dos tazas de café y magdalenas. Sus pechos ya no conservaban la tersura que antaño la hacían una de las chicas más deseadas. Había perdido el candor de sus mejillas, el color de su piel le daba un aspecto cansado y sus ojos carecían del brillo y la vivacidad con que miraban. Sin embargo, aún conservaba algo de ternura en su actitud y parecía seguir estando presa de aquella coquetería que le caracterizaba, algo que quedaba patente cuando se atusaba obsesivamente el cabello y trataba de contener una sonrisa abierta por ocultar su boca mellada. Pero aquella era, sin duda, y a pesar de su contradictoria apariencia, mi prima Martita.

 

-Qué gran persona era el abuelo, ¿Verdad? –Se refirió al sentarse a mi lado.

 

Ella había advertido mi atención por aquellos retratos.

 

-Te quería mucho.-Mencionó mientras le miraba presidir con su habitual porte militar toda la casa.

 

Sentí que mi garganta se anudaba, así que tomé un sorbito de café.

 

-¿Cuántos años han pasado?- Dije a medio camino entre la pregunta y la exclamación.

-Demasiados.-Contestó ella al mismo tiempo que clavaba sus pupilas en las mías.

 

Habían transcurrido exactamente diecinueve años desde la última vez que nos vimos. Por ese entonces yo estaba internado en el Colegio Mayor Santos Infantes, a las afueras de Madrid. Mi compañero de habitación, Charlie, y yo hacíamos planes para escapar de aquella fortaleza y viajar por el mundo en busca de aventuras. Me vino a la memoria un personaje al que despreciaba enormemente. Se trataba del director Grisse. El filo de su mirada rasgada destacaba por encima de su barba canosa y su desgarbada figura. Poseía un estricto sentido de la moralidad que acompañaba con una tosca rudeza impropia en las personas de su edad. El día anterior a nuestra huída Grisse golpeaba con insistencia la puerta de nuestra habitación. En el interior Charlie se apresuraba a esconder la hierba mientras yo arrojaba las colillas por el váter y abría la ventana para que entrara el aire. Comenzó a perder la paciencia y detectamos en su voz un ligero agravamiento, lo que nos hizo pensar que estaba realmente furioso. Quizá fuera debido al efecto de las drogas pero su voz nos resultaba tan distorsionada que dudábamos de si se trataba de “ella misma” o de un bulldog enrabietado. Ante un mordisco seguro de al menos cinco días de arresto pensamos que la mejor opción era abrir la puerta y posicionar la carnosidad de nuestras nalgas a su voluntad, no fuera a ser que la derribara de un puñetazo y lanzara sus colmillos hacia lo que consideraría su plato más apetitoso.

 

-Ábrela, Charlie.-Le ordené con celeridad.

 

Charlie movió el pestillo hacia un lado y giró el picaporte de la puerta.

En un instante el edificio dejó de tambalearse. Al otro lado del umbral nos sorprendió ver al director Grisse en estado de ebullición, como nunca antes lo habíamos visto. No le hizo falta entrar en la habitación para confirmar sus sospechas. El penetrante y dulzón olor a marihuana nos delató.

Después de la tormenta, una calma soporífera se había adueñado de la tarde y el silencio sosegaba ahora el colegio tras los ecos de alegría y excitación que habían invadido los pasillos durante las horas previas a la vuelta a casa de los muchachos. Desde el interior de nuestra pequeña celda podía escucharse el silbido del viento conjugado con el roce de las hojas secas sobre el pavimento del patio de recreo. Charlie y yo éramos incapaces de resignarnos ante la idea de volver a pasar un nuevo fin de semana encerrados.

 

-¿Recuerdas la última vez que nos vimos?

 

Parecía que Marta me había leído la mente. Probablemente los dos estuviéramos conectados en ese momento a una misma frecuencia de pensamientos. Yo le sonreí en un gesto de afirmación y ella continuó hablando.

 

-La policía nos había localizado en aquella casa abandonada a pocos kilómetros de Irún. Soñábamos con pasar la frontera hacia Francia y ver los Alpes suizos, visitar París… ¿Recuerdas? Todo aquello se truncó, también.

 

Un súbito sentimiento de melancolía nos invadió en ese instante. Ambos nos ruborizamos al recordar nuestros planes juntos, las promesas de eterna fidelidad y el amor que nos profesamos en aquellos días.

A nuestro alrededor la sala de estar se difuminó en sombras azules que una gigantesca  luna llena perfilaba desde la ventana. Charlie dormitaba sobre un mugriento colchón de espuma en un rincón de aquellas cuatro paredes. Marta temblaba. En mis brazos había encontrado el cobijo perfecto ante el frío y  los temores que la noche le infundían. Mientras acariciaba suavemente su cabello sentía que mis ojos iban diluyéndose poco a poco en la penumbra. De pronto, un sonido extraño alertó mis sentidos.

 

-¿Qué ocurre?- Preguntó Marta sobresaltada.

 

Le hice ademán de guardar silencio y me incorporé sigilosamente.

 

-Quédate aquí, ¿Me has oído?- Le susurré mientras sus ojos me miraban asustados.

 

Tomé el revolver calibre 38 que escondía sujeto en el costado. Anduve unos metros hacia la puerta y bajé con sumo cuidado las escaleras apoyado sobre la pared y con mi mano derecha agarrada a la empuñadura de la pistola. Bajar a oscuras aquellos escalones de baldosas partidas supuso una más de mis habituales osadías. Pero estaba seguro de haber escuchado algo parecido al sonido de un motor. Había alguien fuera. Al llegar al rellano del primer piso me detuve junto a un pequeño boquete en la pared a través del cual podía verse el exterior. Entonces, fue cuando descubrí dos coches de patrulla a lo lejos y varias luces que imaginé serían linternas.

 

-¡Mierda!

 

La policía estaba agrupándose alrededor de la casa.

 

Nervioso, me precipité escaleras arriba tan rápido como pude. Al mismo tiempo,  escuché cómo forzaban a patadas las piezas de madera que cubrían el umbral de la puerta principal. Cuando me reencontré con Charlie y Marta, ambos ya se habían percatado de la situación. Sólo un fugaz pero intenso cruce de miradas bastó para comunicarnos lo que en palabras hubiéramos tardado demasiado. Me abalancé sobre los labios de Marta y tras besarla salté por la ventana.

De vuelta al presente, habiendo tragado por fin el bocado de magdalena, le mostraba a Marta mi diente partido, consecuencia fatal de aquella caída de más de cinco metros.

 

-¡Pobre…! -Dijo con compasión.

 

En ese preciso instante, un portazo nos avisó de la llegada de alguien a la casa. Marta se levantó de su asiento y me rogó que le disculpara por unos momentos. Estaba a punto de dejarme vencer por una terrible sensación de incomodidad. Intentaba no escuchar más que el tictac de un reloj de pared que no tardaría mucho en anunciar las doce. Pero era inevitable oírles discutir. Supuse que se trataba de su hijo.

De repente, otro portazo.

Entonces el más absoluto de los silencios se apoderó de la casa.

No podía quedarme allí sentado. Abrí la puerta de la sala de estar y anduve varios metros por un pasillo que acababa en la cocina. Marta estaba de espaldas frente a una pequeña ventana sobre el fregadero. Permanecía cabizbaja con el cuerpo encogido ocultando su rostro tras los mechones de su cabello. Y lloraba. Sentí ganas de acercarme y abrazarla, ser el resguardo que antaño buscaba en mis brazos y yo le proporcionaba,  aunque aquella vez no temblara por el  frío y fuera casi mediodía.

 

-¿Qué ha sido de nosotros?- Preguntó entre sollozos.

 

Marta comenzó a secarse las lágrimas. No obtuvo ninguna respuesta.

 

-Iván, mi hijo… anda como loco… ya sabes como son los jóvenes de hoy en día... ni siquiera me dio tiempo a decirle que teníamos visita.- Dijo mientras trataba de esbozar una sonrisa.

 

Habían pasado casi dos décadas sin vernos pero ambos debíamos conocer lo que la vida nos había deparado en este tiempo. Siempre oí hablar a otros acerca de Marta: que si había caído en las drogas, que si era prostituta… Lo cierto es que nunca hice caso de aquellos rumores. Imaginaba que habría encontrado un buen hombre, se habría casado y hoy en día sería una feliz y  orgullosa madre de familia. Sin embargo, la vida aún seguía demostrándome que tras el umbral de la inocencia asomaba un profundo y tenebroso precipicio.

 

IV

 

Mientras me alejaba de la casa de Marta tuve la inquieta sensación de no haberme mostrado con todo el afecto que el corazón me dictaba. Al caminar sentía su mirada atravesar las cortinas blancas y deshilachadas de su ventana y observar mis pasos mientras me desvanecía en la distancia bajo una atmósfera nublosa y plomiza. Antes de marcharme habíamos estado conversando en la cocina. Me contó que su hijo era un conocido delincuente de la barriada. La policía solía llamar a la puerta de su casa para preguntar a Marta sobre su paradero y ella siempre contestaba que hacía meses que no le veía. Sin embargo él regresaba cada vez que necesitaba algo de dinero, ropa o comida, aunque a veces Marta sólo fuera consciente de ello después de echar un vistazo al cajón de la cómoda de su dormitorio. Aquella mañana su hijo había vuelto después de varios días para tomar el dinero que Marta guardaba siempre para él. Pero esta vez tampoco hubo suerte e Iván cogió sus billetes y volvió a marcharse.

Algunas ratas se cruzaron en mi camino cuando bajaba por la calle del Edén. Corrían apresuradas dando pequeños saltos sobre las piedras hasta esconderse tras las hendiduras de las esquinas, algunas de las cuales despedían un pestilente olor a humedad y orines. El barrio presentaba un aspecto tan sucio y degradado que parecía haber sido presa de la voracidad de un terrible monstruo llamado olvido. Pero el recuerdo siempre es más fuerte cuando regresa sosegado y firme. Al final llega como el aire fresco o como los rayos de sol en un cielo azul y despejado. Algún día mi viejo barrio volvería a florecer. Los edificios volverían a atrapar el sol en sus fachadas y proyectar su luminosidad en las calles y en las miradas de los vecinos. Los balcones volverían a sonreír  cargados de hermosas plantas y flores. Y sobre todo, volverían los niños como en un eterno verano a colorear las callejuelas de risas y juegos, de balones, cometas, peonzas, gomas, patinetes y bicicletas.

Al doblar una esquina me topé con una muchedumbre que se aproximaba en dirección contraria hacia mí. Por unos momentos me sentí arrastrado por aquel torrente de personas que portaban ramas de olivos y que algunos niños zarandeaban con el propósito de llamar la atención. Una vez abierto el camino me di cuenta de que todos habían salido de una iglesia cristiana que asomaba su porte sobrio y tradicional entre el follaje de una pequeña arboleda de vetustos ejemplares y jardines a los lados. Mientras avanzaba hacia el templo y las ramas de los árboles hacían que me sintiera arropado, mi mente aún permanecía en la cocina de la casa de Marta, contemplando su semblante entristecido y escuchando sus palabras.

 

-Desde aquello nada fue igual para nadie de la familia.

 

Hizo una pausa y prosiguió.

 

-Cuando mis padres decidieron internarte sabían que tú y yo estábamos juntos. Lo hicieron para evitar escándalos.

-Todo el mundo sabía que mis padres no eran mis padres, tus padres no eran mis tíos y tú no eras mi prima., al menos no de sangre. No quisieron cargar conmigo.

-Tú no eras ninguna carga.

-Fuiste la única persona que estuvo a mi lado y siempre te estaré agradecido. –Le dije mientras miraba profundamente sus ojos.

 

Marta bajó la mirada y se ruborizó por un instante.

 

-¿Qué sabes de mi padre? –Le pregunté.

-No le hemos vuelto a ver en todos estos años. Sabes que cuando tu madre estuvo enferma en el psiquiátrico jamás vino o llamó para preguntar por ella. Y cuando finalmente falleció no pudimos localizarle para darle la noticia. Fue muy triste para todos.

-Sí, lo sé.

 

Mi padre desapareció cuando apenas tenía doce años. Los acontecimientos que luego siguieron terminaron por convertir mi vida en una pesadilla: primero el internado, después mi fuga, que se alargaría durante años tras convertirme en un criminal, y finalmente, la cárcel, hasta hoy.

 

-Se convirtió en un fugitivo como yo.-Dije.

-Sí, pero huíais de cosas distintas.

 

O quizá no, pensé.

 

-Aquello nos cambió la vida para siempre. -Marta sentenció.

 

La frase de Marta resonaba en mi interior como el eco de mis pasos tras haber atravesado el pórtico de la iglesia y hallarme dentro, rodeado de una fría y extraña oscuridad que parecía absorber con anhelo la tenue luz de las vidrieras. A mi derecha se alzaba un lienzo que atrajo mi atención por su colorido y la actitud valerosa de dos niños agarrados de la mano, que subían por unas escaleras a postrarse ante su ejecutor para luego ascender a las nubes, donde varios ángeles les aguardaban para compartir con ellos la eternidad. Se trataba de los santos niños Justo y Pastor. Continué caminando tranquilamente mientras mis ojos recorrían con curiosidad todos los rincones, observando con detalle cada imagen o estatua, imprimiendo en mi mente el gesto risueño y vivaz de aquellos seres alados con cuerpo de niño. Todos parecían estar revoloteando a mi alrededor, lo mismo que pequeños gorriones que juegan en el aire en una mañana de abril. Casi sin darme cuenta me hallé frente al altar y sobre él un gran cristo inerte y crucificado mostraba el escalofriante estado de su cuerpo pálido, sembrado de dolor y abatimiento por causa de sus heridas, con la boca exhalando su último grito de agonía y sus ojos postrados ante la muerte.

 

-Aquello… aquello…

-¿Se encuentra usted bien, señor? -Escuché.

 

El sacerdote debía haber visto en mi rostro o en mi actitud alguna señal de mi extrema turbación interior. Se acercó y con su mano en mi brazo volvió a preguntarme. Me acompañó hasta un banco donde nos sentamos.

 

-Está usted frío. -Mencionó mientras palpaba mis manos.

 

No pude articular palabra.

 

-Le traeré un vaso de agua.

 

Tras unos instantes el sacerdote apareció con un vaso de agua en la mano.

 

-Beba, se sentirá mejor.

 

Tomé un sorbo de agua. Sentí un ligero frescor desde mi boca hasta el estómago que provocó en mi mente una reconfortante sensación de despertar.

 

-¿Se siente mejor? –Preguntó.

-Sí. –Le asentí agradecido.

 

Al alzar la vista comprobé que había algunas personas sentadas en los bancos, la mayoría ancianas, que me miraban con interés y preocupación.

 

-¿Quién es Víctor? –Mencionó el sacerdote.

-¿Víctor? –Pregunté extrañado.

-Sí. Repetía usted el nombre de Víctor justo antes de sostenerle en mis brazos.

 

Volví a tomar un trago de agua.

 

-Víctor es uno de sus ángeles.

-¿Quiere usted confesarse por algo? –Me dijo con un gesto que interpreté como una invitación al confesionario.

 

Entonces le miré a los ojos y mi voz trémula trató de contestarle con unas palabras que sucumbieron a la emoción.

 

-Llevo toda mi vida haciéndolo, Padre.

 

V

 

Tras abandonar la iglesia me dirigí a la parada a esperar el autobús que me llevaría de vuelta a la cama de mi habitación. Me encontraba cansado y aturdido. El viaje de regreso al hotel me resultó tan fugaz que al llegar a mi destino pensé que había perdido la noción del tiempo. Bajé con cuidado del autobús y anduve unos metros hasta llegar a la puerta de entrada. Una vez dentro me dirigí directamente hacia las escaleras dejando atrás el leve bullicio de la gente y el sonido del televisor en el pequeño restaurante del piso bajo del hotel.

La habitación estaba limpia y perfumada. En uno de los cajones de las mesitas de noche había guardado mis pastillas pero mi vista nublosa no acertó a encontrarlas. Una punzada profunda y violenta atravesó entonces mi nuca como si alguien pretendiera desgarrarla. Mi cuerpo comenzó a tambalearse y, sin poder apenas descalzarme, me derrumbé sobre la cama con la mirada clavada en las aspas del ventilador de techo, que mis ojos veían girar lentamente hasta caer en la oscuridad. Un aire imaginario petrificó mi cuerpo y mi conciencia regresó conmigo al instante en que todo comenzó.

Mi madre fue a atender el timbre de la puerta.

El General William cabalgaba a la cabeza de su tropa a través de las áridas tierras del desierto. Tras las montañas los indios permanecíamos escondidos sin perderles de vista y esperaban mi señal para lanzarnos a la batalla. Cuando el bloque de soldados llegó por fin a las patas de la mesa pequeña del salón hice ademán con mi brazo de proceder al ataque. Todos los indios congregados tomamos nuestros arcos y flechas y bajamos las montañas montados en nuestros caballos a una velocidad impetuosa y envueltos en gritos de euforia. Muchos soldados americanos cayeron muertos por el alcance de las primeras flechas sorpresa. Al resto le dio tiempo de tomar sus armas de fuego para tratar de defenderse inútilmente de un ejército de indios que ya les habían rodeado. La batalla fue sangrienta y atroz.

Víctor apareció gateando sobre la alfombra.

De pronto, la situación dio un giro de 180 grados. Cuando pensábamos que la victoria era nuestra escuchamos las trompetas de una segunda unidad de caballería que apareció en el horizonte. En ese momento nos dimos cuenta de que la táctica del enemigo era marchar en dos bloques. Los indios caímos, y yo, su jefe, fui capturado por los yanquis. Mi pueblo jamás volvió a saber de mí.

 

-¡Víctor! ¡Víctor!-

 

Mi corazón latía como tambores de guerra.

 

-¡Víctor! ¡Víctor!-

 

Mi madre no dejaba de gritar su nombre.

 

-¡Víctor!- Grité al mismo tiempo que mis ojos retornaban con agitación.

 

Tenía el cuello empapado de sudor. Sólo necesitaba una de mis pastillas y todo volvería a la normalidad. Me incorporé sobre la cama y me llevé las manos a la cabeza en un intento por hacer desaparecer de mi mente la imagen de Víctor. Su cuerpo era como de piedra, tenía la cabeza hinchada, la cara de color azul y en el interior de su menuda garganta, con el hacha alzada, el jefe de la tribu de los apaches, resistiéndose a dar la batalla por vencida, acababa de acometer su última ofensiva.

 

VI

 

La alarma del reloj despertador sonó a las seis en punto de la tarde. Desperté bruscamente y observé que sobre la mesilla de noche el frasco aún contenía pastillas y a su lado había un vaso de agua vacío. No despertaba de la muerte sino de una siesta provocada de más o menos hora y media. Quizás la próxima vez no queden pastillas y no sería yo quien lo descubriera. Estiré mi cuerpo mientras me aproximaba a la ventana para asomarme y comprobar que el cielo se estaba cubriendo de nubes oscuras. Eché la vista a mi gabardina en el perchero del rincón de la habitación y pensé que debía comprar un paraguas.

Me senté en el escritorio.

Estaba decidido a acabar con todo.

Cogí papel y bolígrafo y comencé a escribir:

 

    “Querida Marta,

     Te pido disculpas por haberme marchado antes de acudir a nuestra cita de esta tarde.

    Ha sido un placer reencontrarme contigo después de tantos años. Siempre pensé en ti en la soledad de mi celda, cuando no tenía más compañía que una vieja Biblia y que mil veces leí hasta grabarla en mi memoria. Qué distinto hubiera sido todo si el destino hubiera estado de nuestro lado. Pero estaba escrito que en nuestras vidas no había espacio para el amor. Ni tú ni yo conseguimos hacer realidad nuestros sueños. Los dos hemos sufrido tanto que merecemos nacer de nuevo en otro lugar y otro tiempo. Conocer la libertad es ahora mi sueño y no quiero despertar mientras viva. Más allá de estas cuatro paredes hay un mundo por descubrir y estoy convencido de que ambos volveremos a encontrarnos en una vida nueva.

                                                        Hasta siempre,

                                                                Guille."

 

Tomé un sobre y guardé la carta.

Había llegado el momento de marcharse. No tardé más de media hora en empaquetar mis cosas. Con la llave en la mano me acerqué hasta la recepción del hotel y allí su dueña se interesó por conocer mis impresiones sobre la habitación.

 

-Me he encontrado muy a gusto.- Le dije amablemente.

 

Tras abonar la habitación, le pedí a la señora que me hiciera el favor de entregarle la carta a una mujer que vendría preguntando por mí en una hora.

 

-Por supuesto- Aceptó encantada.

-Muchas gracias por todo.- Le sonreí.

-Gracias a usted. Tenga buen viaje.

 

Tomé mi maleta y comencé a andar hasta situarme detrás del umbral que me separaba del exterior.     A través de la puerta podía ver a la gente caminando apresurada de un lado a otro ante el signo intimidatorio de los truenos. Una calle ensombrecida y desierta parecía desplegarse ante mí tras el tumultuoso vaivén de los caminantes. La predicción meteorológica estaba en lo cierto y, tal y cómo había pronosticado, la refrescante lluvia hizo su aparición con unas primeras gotas que el viento elevó sobre mi reflejo en la puerta acristalada del hotel.

 

        Poco tiempo después, el sol caminaba conmigo calle arriba.

 

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